En las costas de Puerto Madryn y el Golfo Nuevo, la situación de los cetáceos ha alcanzado un punto crítico. En promedio, cada dos días sale una ballena muerta en las playas de la zona. Luego de varias semanas de este continuo proceso y tras la aparición de una cantidad de ejemplares sin vida que no ha sido oficialmente establecida ni comunicada, aunque se especula que supera los doscientos animales.
El consenso generalizado intenta responsabilizar de estas muertes masivas a una bacteria llamada erisipela. No obstante, nadie explica cómo ingresaría este patógeno al cuerpo del animal ni por qué afecta de forma letal a algunas ballenas mientras que otras sobreviven en el mismo entorno. A esta falta de precisiones, se genera incertidumbre sobre el origen real de las infecciones y sobre las razones por las cuales unos ejemplares sucumben y otros no.
A la par de las hipótesis biológicas, se evita debatir el nivel de responsabilidad humana en este desastre ambiental. Está probada la presencia de basurales a cielo abierto en la zona y su efecto en los hábitos alimenticios de las gaviotas, las cuales posteriormente pican e infestan a las ballenas.
Asimismo, están probados los derrames provenientes de la industria pesquera, generados tanto por los barcos como por las plantas procesadoras en tierra, a lo que se suma el volcado de efluentes cloacales crudos y sin tratar que la ciudad ha vertido directamente en las aguas del golfo.






