No fue la transparencia. No fue un súbito y místico respeto por la división de poderes. Tampoco fue la conversión de un espacio político que durante doce meses eligió deliberadamente mirar hacia otro lado. Lo que obligó al bloque SER a aceptar la renuncia (y desafuero) del pronto ex-diputado Fernando Españón tiene nombre, tuvo lágrimas y tuvo la perseverancia incansable de mujeres que se negaron a olvidar.
Mientras el bloque oficial intenta vender como un gesto de “compromiso con la democracia” la salida de Españón —confirmada para su tratamiento durante este jueves en sesión extraordinaria, junto con la renuncia de Luxen—, lo cierto es que esta decisión llega tarde, mal y arrinconada. Llega después de casi un año en que el Poder Legislativo desoyó el Oficio Judicial N° 1777/25, firmado por el juez Yance el 19 de febrero de 2025, que solicitaba el desafuero del legislador para que las causas por abuso sexual con coerción, malversación y abuso de autoridad pudieran avanzar.

Doce meses de silencio cómplice. Doce meses en los que el blindaje a un diputado acorralado por siete causas penales fue la prioridad. Doce meses en los que la víctima, Celeste, esperó justicia mientras veía cómo los fueros de Españón se convertían en un escudo institucional.
Trinchera II: cuando el dolor se volvió imparable
Hubo un punto de inflexión. En mayo del año pasado, en el foro “Trinchera”, ante cientos de mujeres, Celeste tomó la palabra. No fue una oradora más. Fue una mujer que le puso el cuerpo a su propia causa. Entre lágrimas, con la voz quebrada pero firme, pidió algo que debería ser automático en un Estado consciente: que el Poder Legislativo hiciera caso al Poder Judicial. Que su causa, estancada por más de un año, pudiera continuar.
Esa imagen —una víctima suplicando justicia frente a un micrófono— no la fabricó ningún comunicado oficial. Esa imagen recorrió las redes, encendió las marchas, motorizó opiniones y multiplicó los reclamos. El colectivo feminista no se rindió. Incomodó. Persistió. Y esa persistencia fue la que terminó por corroer el blindaje que el poder de turno intentaba sostener.
Si la división de poderes importara, habría importado antes
El bloque SER intenta ahora despegarse del problema. Habla de transparencia, de institucionalidad, de respeto a los poderes del Estado. Pero si realmente hubieran creído en esos principios, el primer oficio judicial habría bastado. No hicieron falta siete causas ni doce meses de demora para saber que un acusado de abuso no puede legislar.
La renuncia de Españón no es el comienzo de una nueva etapa. Es el final de una etapa de encubrimiento que ellos mismos sostuvieron. No es un gesto de coherencia: es una admisión de derrota frente al cerco judicial y, sobre todo, frente al cerco social.
El mérito es de quienes no se rindieron. Este logro no le pertenece a la dirigencia que durante un año eligió no escuchar. Le pertenece a Celeste, que con su testimonio desnudó la complicidad. Le pertenece a las “pibas” feministas que marcharon, que escribieron comunicados, que ocuparon espacios y exigieron lo que por derecho correspondía.
La causa que investiga la denuncia de Celeste ahora podrá continuar su curso procesal. Es apenas un paso, no el final del camino. Pero ese paso se dió porque hubo mujeres que se negaron a que el silencio fuera la respuesta.
Santa Cruz no se transforma con comunicados de prensa. Se transforma cuando la política deja de encubrir a sus propios acusados. Hoy, el grito de las pibas atravesó los pasillos de la Legislatura. Que no lo olviden: cuando la justicia tarda, la calle empuja. Y esta vez, el empuje fue imparable.






